Conociendo Aracatí, hermoso lugar de Brasil

Aracati tiene una iglesia alucinante, Nossa Sen hora do Rosário dos Brancos, y casas importantes de los tiempos de la carne seca. Pero no tiene playa. A 10 km está Canoa Quebrada, una de “las” playas de moda del litoral. Imaginen que en 8.000 km hay más de una… Pero Canoa vive su apogeo. Fue en un taxicolectivo donde conocí a Paulo, que trabajaba en una “barraca” (puesto) de la playa. Llegamos y yo no podía creer: la arena es roja. Nunca había visto, ni imaginado, ni sospechado que existía siquiera, arena de ese color. Se habla mucho de la arena blanca, pero la arena bermellón también tiene lo suyo. El mar es, además, superceleste y el conjunto provoca un cierto efecto de inquietud. Será el color, los farallones de arenisca que se levantan sobre la playa o los buggies que vienen y van. Canoa es para hacer amigos y pasarla a pura caipirinha.

Yo, de relajarme, nada. O volvía en tres días a Olinda, o perdía el avión. Chapuzón y regreso. Tuve que comprar un sombrero porque el sol amenazaba con dejarme más colorada que la arena. Fui a Mossoró. A Rosana la conocí en la ventanilla de la terminal. El colectivo para Natal, donde ella vivía, acababa de salir. Nos presentamos en el taxi que compartimos para alcanzar el micro. Nos contamos la vida entera y más en los 272 km siguientes. Comimos en un restaurante italiano y pasé esa noche en su casa. Al día siguiente, huí de la ciudad. Pasé por Búzios, una playa cercana homónima de la carioca pero seguía con la sensación de estar demasiado lejos. Por eso, no quise entrar en otros dos balnearios de onda, Pipa y Tibau do Sul. Además, se me había puesto entre cejas la idea de encontrar una playa sin serve.

De Mamamguape me tomé otro micro a una playa cuyo nombre me pareció de lo más sugestivo: Baia da Traifao. Parece que en el siglo XVI, la hija de un cacique potiguar fue secuestrada v los indios mataron a 500 pobladores de un ingenio como venganza. Hoy el pueblito es un dechado de sosiego y pueden caminarse kilómetros sin toparse con nadie… ¡Lo había con seguir. . Las posadas son requetemodestas. El desayuno, pan de queso comprado en la panadería. Y a la noche, pescado fresco en So. .Mócente, un boliche frente al mar donde mi compañera ocasional fue Palmira, una negrita de ocho años que vive en Río pero fue adoptada en Mossoró por un matrimonio alemán. Fue cómico defenderme en mi básico alemán con Palmira, que lo hablaba perfecto y a mil por hora.

Baia da Traicao justificó la locura de todos los trenes, micros, buggies. miniómnibus y colectivos de línea que tomé. Antes de volver a Olinda, me bajé en Joáo Pessoa y fui hasta el monolito del punto más oriental del continente americano. Hice como Mafalda. Me subí a una piedra y pensé como ella: “O Africa está muy lejos, o las jirafas se fueron a dormir temprano”. En la ciudad, la iglesia de San Francisco, anexo del Convento de San Antonio, está fuera de cualquier chiste. Es uno de los complejos barrocos más importantes de Brasil. Por otra parte, el arte del azulejo portugués es una maravilla que puede verse sólo aquí o allá. Y eso de mezclarlo con mar y palmeras a puro sol… Solamente aquí.