Costa de Mar del Este, Argentina

Primero fue el advenimiento de la Perla del Atlántico, legitimado el 10 de febrero de 1874 sobre un territorio de seis mil hectáreas, por decisión de Patricio Peralta Ramos. En la escena entraría más tarde Pedro Luro, y casi a ñnales del siglo XIX, su hijo José, con la apertura del lujoso hotel Bristol, para sellar el carácter euroaristocrático de Mar del Plata.

Varias décadas más tarde, otros se aventuraron a echar raíces de pinos en la orla arenosa de la desolada costa. De aquellos “locos de los médanos”, todavía resuenan algunos nombres como los de Jorge Bunge, fundador de Pinamar en 1943; Héctor Guerrero, el hombre que forestó 1.700 hectáreas de médanos que hoy regalan el paisaje boscoso de Cariló, y Carlos Idaho Gesell, al que se le ocurrió plantar pinos en el arenal (y acacias también, pero menos) con el único ñn de abastecer la fábrica familiar de muebles para niños. El fenómeno Villa Gesell es muy posterior y sucedió pese a él. Entre la bahía de SamborombónyMar del Sur, la realidad actual revela una seguidilla de enclaves que surgieron como refugios posibles para el descanso estival, y cada uno lo hizo con un perfil predeterminado. San Clemente del Tuyú, Santa Teresita, Costa del Este, Miramar y Mar del Sur se postulan como destinos óptimos para veranear en familia y, pese al crecimiento que registraron, conservan en cierta medida el carácter tranquilo de pueblo más o menos grande. Pinamar, Gesell y Mar del Plata, en cambio, desarrolladas como ciudades, proponen una combinación infalible para los más jóvenes: buena playa y movida nocturna. Ni con lo uno ni con lo otro se identifican Cariló y Mar de las Pampas, que mantienen su apego al bosque que los vio nacer. La cuarta variante, también a distancia de los balnearios fundacionales, está integrada por Mar Azul y Las Gaviotas, escapadas románticas por excelencia.

Pero más allá de tales diferencias, hay lugares comunes. La peatonal en la que nunca falta el camioncito de pochoclo y manzanas acarameladas; el tren de la alegría, que replica los personajes de Disney con disfraces made in Argentina; las casas de videojuegos, que se animaron a incorporar nuevas atracciones sin desterrar al popular Wonder Boy; las medialunas y los churros a la hora del té playero, además del palitobombonhelado entre remojón y siesta; trepar médanos con 4×4 o cuatriciclos; las casas estilo Bariloche con techos a dos aguas por los que se desliza una nieve imaginaria; la multiplicación de los souvenirs con caracoles; los tatuadores de henna; las hacedoras de trencitas para el pelo; las artesanías, y los vendedores ambulantes de pareos, barquillos y choclos calientes. Y los alfajores emblema de cada localidad (Amalfi en Gesell, Harnnna en Mar del Plata, La Goleta en Valeria, etcétera). Todo un universo que los argentinos supieron conquistar a partir de aquellos “locos de los médanos” que fijaron a pino limpio.