Parati, un lugar mágico en Brasil

Parati sí es como lo imaginaba. Llegué huyendo del cemen­to de San Pablo -en ómnibus, claro- y en la búsqueda de otra postal clásica: la silueta colonial de la iglesia de Santa Rita que casi se ahoga en el mar azul. Los morros verdes sobre los que se recortan los techos de teja avejentada. Y luego, como si fue- ra un paneo cinematográfico, acercarse a cualquiera de las callecitas de piedra, meterse en un restaurante con poca luz y mucho ambiente… Parati es perfecta. No en vano ha sido es­cenario de pilas de avisos y películas. No hay decorado más real, ni escenario de la vida más estético.

Sin embargo, la villa tiene 400 años de historia -fue con­cebida como puerta de salida de las riquezas de Minas Gerais- y menos de 30 años entre nosotros, los turistas. Se abrió con la construcción de la ruta que va de Río a Santos. Sus veci­nos, paulistas y cariocas, no tardaron en llegar. Y por algún mo­tivo bastante evidente, atrás fuimos los argentinos. Hay po­sadas impecables, cálidas y sofisticadas (como la del Pardiei- ro o do Sandi), pero también hay opciones varias para estar ahí sin erogar cuantías (como la Pousada do Cais o el Solar dos Ge­ranios). La Unesco se fijó en su armonía arquitectónica en 1966, y desde entonces, alojarse en el casco histórico es co­mo dar un paseo por el siglo XVIII.

Parati da para estar una tarde, un día, dos, cinco, diez. No tiene arena propia, pero hace uso de las 65 islas y 300 playas vecinas. Al fin y al cabo, nada mejor que sentirse millonario saliendo en barquito a recorrer el rosario de islas que rodean el lugar. El puerto está lleno de lanchas, barcos, yates.