Un Brasil desconocido: Olinda

Los portugueses no estaban equivocados. Olinda está pruden temente lejos y convenientemente cerca de la gran ciudad. Allí se respira otro aire y se percibe de inmediato por qué esas calles y las de Salvador fueron grandes ciudades mientras Río de Janeiro aún era un villorrio y San Pablo una sombra.

Su carnaval es otra fiesta para agendar. Antes y después mientras dura, olvídese de planear nada y déjese llevar Olinda es amable, colorida y hasta serena. Imposible ignorar la deliberada puesta en escena de su tranquilidad matutina y su alegría nocturna, a la que uno se entrega complaciente. Posadas luminosas con gente cordial, fiestas improvisadas en una esquina, patios abiertos donde comer crêpes, otra buena cantidad de iglesias imperdibles, los azulejos de la de San Francisco, ateliers de pintura y algunos negocios donde vale la pena detenerse a explorar cerámicas y literatura de cordel (xilo grabados de los tiempos en que Guttenberg era un lujo, ediciones únicas que se vendían colgadas de una soga: hoy contienen fábulas, cuentos o lecciones infantiles), son parte de la encantadora propuesta de la bella Olinda.

Pero no hubo nada que yo disfrutara más que salir de noche cuesta arriba y barranca abajo con el trípode, saludar a la gente y tomar fotos de las hileras de bombitas que cuelgan sobre los empedrados. Así, entre Recife y Olinda, pasé una semana.

Me quedaban unos días antes de seguir rumbo a San Pablo. Me habían hablado mucho de las playas del norte. Dejé mi maleta en la posada de Olinda y me tomé un ómnibus hasta la estación de trenes de Recife. De ahí, el tren a la terminal y unas diez horas hasta Fortaleza. No calculé bien. Son 750 km y “unos días” no sor. los diez o quince que hubiera necesitado para conocer la zona. Hice esa cuenta cuando faltaban 150 km para llegar. Me bajé en Ara

Arriba, el faromonolito ioáo Pessoa; retrato callejero y puerta colorida en Olinda. Enfrente, el fuerte de Pau de Amarelo, al que llegaron los holandeses en 1630, y su incomparable vista al mar.